Brigitte Bardot falleció este domingo a los 91 años. Con ella se va mucho más que una actriz: desaparece un icono cultural que marcó al cine, a la moda y a la sociedad europea durante casi medio siglo.
Fue el rostro más reconocible de Francia en el mundo y, al mismo tiempo, una figura atravesada por contradicciones que nunca dejó indiferente a nadie. Saltó a la fama internacional en 1956 con «Y Dios creó a la mujer», película que la convirtió en emblema de una nueva sensualidad femenina. Luego llegaron clásicos como «El desprecio», de Jean-Luc Godard, y «Una vida privada», de Louis Malle, consolidando una carrera que osciló entre el cine de autor y el cine comercial.
Sus iniciales, “BB”, se transformaron en marca global y en símbolo de una época. Bardot encarnó paradojas difíciles de separar: fue el ideal femenino promovido por un cine profundamente machista y, a la vez, una figura que desbordó ese molde, cuestionándolo con su sola presencia.
Fue celebrada como símbolo de liberación sexual y también víctima temprana del acoso mediático y del voyeurismo más brutal de la prensa.
Tras retirarse joven del cine, volcó su vida al activismo por los derechos de los animales, causa a la que dedicó décadas con una convicción total. Esa militancia, sin embargo, terminó derivando en posturas polémicas y discursos reaccionarios que empañaron su legado y la alejaron de parte de la admiración pública. Amada, criticada y discutida hasta el final, Brigitte Bardot fue un fenómeno irrepetible: mito, contradicción viviente y espejo incómodo de su tiempo.
Su muerte cierra un capítulo clave de la historia cultural francesa y europea.
Editado por: Linney Salinas, editora de Progreso FM
